Como llega se va. Entra por donde sale viscosidad y tabulas rasas, llega sin presentarse. Y sin preámbulos se nos escurre, nos hace flácida la virilidad y deja uno que otro discurso: rumiado o criticado.
Se congela en noches catárticas, enmudece, deja que el rocío humedezca y cause reumatismos. Tal vez un luz roja y presagios de enfisema coronen su llegada. O tal vez un ambiente a sal y sudor le distraigan. Aunque no siempre, a veces un llanto agudo, que viene de un cuarto recién decorado, de accesorios pequeños y horarios desfasados, es el que distrae a ese guerrero de lanzas que giran sin cesar, que nos amenazan con su danza de muerte de la mil vueltas.
Pobres de nosotros, monos sin pelo. Tanto le tememos a lo que creamos. Somos esclavos de nuestros esqueletos de alcoba. Los ponemos ahí, y cuando pasamos les reverenciamos, tememos, idolatramos, les damos vida. Y sólo lo hacemos para fundamentar lo que no aceptamos. Escondemos atrás las manos con los hilos que los mueven frente a nosotros, y fingimos que se mueven solos: Dolo. Aunque a veces pienso: ¿no es el miedo grave justificante de nuestra conducta?
Que mas da. El sigue ahí, imponente y señalando nuestra piel, rasgándola y haciéndola débil. Nos entrega el fruto gonádico de nuestros sacros instintos. Y en el momento de contemplar el monocromatismo de nuestros párpados, mas tiempo del normal, él muere con nosotros. Nuestro guardián, nuestro ángel, demonio. Fiel compañero. Porque siempre que haya conciencia, él será la sombra perfecta, aunque ahora se fue por un momento, me dejó escribir en paz. Ahora me llama, pide que no le robe lo que en maromas mentales le di legítimamente.