Silueta
Caminaba desesperado, atrás iba dejando huellas escarlatas ¿Porqué no pasaba ni un maldito carro? Era difícil diferenciar la oscuridad impenetrable de aquella carretera, con la vista que siente que la vida se escapa.
Resignado se sentó bajo un árbol, sus manos no podían contener aquel manantial de muerte. ¿Qué había salido mal? Todo era perfecto. Hacía un enorme esfuerzo por no quedarse dormido. Y una ráfaga de imágenes confusas pasaban por su mente, aniversarios, parrandas, sexo matutino, un hermano que lloraba.
Tantos años, tanto supuesto amor ¿Cómo habían llegado a eso? Diez años juntos, de aparente felicidad ¿Porqué con él? El dolor era doble. Carlos, su mejor amigo, su compañero de parranda, de trabajo, su hermano casi de sangre. Una bola de carne en frenético vaivén de caderas, enroscada en el lecho donde la tela de la inocencia había sido rota, extinta en aras de un amor casi eterno. ¿Porqué? ¿Porqué con él?
Presionó con fuerza, aún así no se detenía, seguía brotando con violencia, como si quisiera huir de aquel cuerpo muerto siete minutos atrás.
Tenía razon, alguien lo seguía, podía distinguir la silueta que se acercaba, casi borrosa. Aunque extrañamente no sintió miedo, sino confianza, el caminar de la silueta le produjo confianza.
¿Qué quieres? ¿Quién eres?
La silueta se quedó inerme frente al agonizante, que ya no tenía fuerza para contener la hemorragia. Parado, y con estoico porte, miró como la vida se escurría frente a sus ojos.
Atrás, en una casa grande y antigua, un cuerpo femenino daba el último suspiro. Pedía perdón, sólo el aire mudo escuchó e ignoró su súplica...
La silueta, fría y de aspecto militar, abrochó bien su cinturón, amarró las cintas de sus zapatos. Y se perdió en la bruma del rocío. Libre de culpa, y de amistad, y de lazos sanguíneos violados, rendidos a la lujuria.

